domingo, 30 de junio de 2013

Garua

_Esto no debe ser, esto no puede ser
Piensa mientra se mira las manos, las manos que aun eran hermosas, aun.
_Esto tiene que acabar
Se dice, mientras camina a casa, temblando de frió y miedo, llena del temor que solo una decisión inamovible puede infringir en un corazón que estaba muy acostumbrado a solo latir.
La garua le empapaba el cabello con una perseverancia implacable, mantén la frente en alto, no llores, y los charcos, los charcos en los que a cada paso sumergía los tacones, los charcos eran solo una broma macabra, un recuerdo de que aun estaba ahí, de que todo era real.
Camina con una mirada de autómata entre tantas sombras a su lado con sombrillas de colores, camina y siente la cruda brisa despeinarle el cabello, como si eso ahora importara, como una burla, como la ultima parte de una afrenta terrible que se detiene en el justo momento en el que se vuelve inaguantable, solo para volver a empezar.
El gélido paisaje es solo un pequeño y escueto boceto de su alma que esta cansada de andar sin encontrar, en medio de maniquíes vivientes que la miran sin verla, que la tocan sin sentirla, que son como un recordatorio macabro, que de alguna forma, ni siquiera son.
A los lejos, se escucha el tren, arrastrando su infierno metálico que rompe el monótono hechizo de la niebla y la lluvia, y ella lo piensa, lo piensa, sabiendo que no lo va a hacer, sabiendo que es demasiado, pero lo piensa, y acaricia esa idea como a un reptil.
Camina más a prisa, casi corre, tratando de escapar de sus pensamientos, sin lograr ni por un instante dejar de repasar una y otra vez las ultimas horas, los últimos días, las ultimas semanas, camina, camina más, ya casi llegas, camina y no encuentra una solución, y la atormenta el martilleo de ese pensamiento que es inútil, pero inevitable.
_Tengo que hacerlo, piensa y siente como se le escapa el aire ante el vértigo de lo inevitable.
Camina y la lluvia arrecia, apura el paso, corre un poco, un indigente, la acera, la alcantarilla, el futuro, la vida, ese perro, la cena, no quiero, los zapatos están arruinados, la convicción, ese árbol, la ultima cuadra, el miedo, el bien común, que va a decir mamá, la frente en alto, casi treinta años, una bolsa de basura.
Busca la llave, ya sin prisa, ya está mojada, ya que importa, la buscar sin mirar, la busca sintiendo cada uno de los objetos que pueblan su bolso, busca y piensa, una y otra vez el mismo pensamiento como una cinta de Moebius como un péndulo, piensa y cada uno de sus intentos solo es una confirmación tacita de lo inevitable, de lo absurdo, del horror.
Toma el pomo de la puerta y por un instante duda, sus dedos temblorosos y húmedos se detienen, ignorando por un momento la memoria muscular, duda y la duda es aguda, filosa, estridente, duda y al poco abre la puerta, con un arrepentimiento que precede a su razón de ser.
Un  chirrido que le estremece el alma y le contrae el cuerpo es seguido de un hilo de luz que crece, poco a poco, dubitativo y la consume, la devora, dando paso a un estancia impecable, se acerca un hombre y la besa.
_Estas empapada
_Deja que me cambie y preparo la cena.













lunes, 17 de junio de 2013

El aullido de los monos

Esa madrugada, Ursula se despertó como tantas otras veces le había pasado previamente, con el resuello inquieto del fugitivo y la angustia de la certeza psicótica de que algo estaba mal. Palpó en la oscuridad el lió de sabanas que poco antes le había impedido correr para escapar de él, hasta encontrar a tientas su paquete de cigarrillos, prendió uno, aun sin encender la luz y pronunció las mismas palabras que había pronunciado durante tantísimas noches de sueño inquieto e inexplicable - Debí haber gritado.
Su sueño, ese sueño recurrente que no cesaba, la había atormentado durante años, sin proporcionarle nunca alguna pista de su significado o de como detenerlo. En el sueño, o al menos en el trozo de sueño que ella recordaba, ella caminaba por un hermoso valle, rodeado de arboles perfectos, de un verde esmeralda esperanzador. Ella, desnuda,  podía sentir el agradable rocío bajo sus pies, sobre la grama. Era un sueño hermoso, pero algo estaba mal, conforme el sol comenzaba a ponerse, esa sensación de angustia se incrementaba, hasta que en algún momento se daba cuenta que todos esos arboles, todos y cada uno, estaban llenos de monos. Monos que le miran, fijamente, inmóviles pero expectantes, hasta que uno emite el primer grito, y luego otro, y otro más. Es un alarido rítmico y colectivo. El sol continua su viaje acompasado por el bullicio de los monos, hasta que eventualmente solo queda Ursula en la oscuridad rodeada de esas pupilas brillantes y ese ruido que ahora es el mundo, que ahora todo lo inunda. -Debí haber gritado. Esa era su conclusión desde hace años, sin embargo nuca lo había logrado. De alguna forma ella sabia que seria inútil, que nunca podría ser como ellos, que los monos lo sabían.
A veces, después del cigarrillo, intentaba volver a conciliar el sueño, sin embargo su propio sudor, la oscuridad y el zumbido de las chicharras le daban la sensación de no estar despierta aun, de seguir a la puerta del sueño y eventualmente se levantaba, hastiada y buscando alguna imagen que pudiese suplantar esas que ya estaban en su cabeza. Esta madrugada en particular, se rindió sin siquiera intentarlo, y se fue a oscuras al baño, esperando que el agua pudiese darle a su mente ese descanso que el sueño continuaba negandole.
Fue un baño incomodo, trató de alejar los sonidos del sueño tarareando algo, pero no pudo recordar ninguna melodía y después de un rato cayó en cuenta que se le estaba haciendo tarde como para continuar la tortura mental y rítmica. Cerró la canilla y se quedó esperando, ensimismada en el obsceno placer de la brisa que secaba su piel, hasta que el teléfono la despertó de ese letargo en el que se encontraba sumida.
Era su madre, siempre era su madre; estaba molesta, siempre estaba molesta. Ursula recogió la queja monótona con la natural apatía de quien lidia con ese infierno personal diariamente, mientras garabateaba ojos enormes en un trozo de papel de alguna cuenta sin importancia.
Salió sin desayunar de casa y antes de cerrar la puerta tras de si, recogió sus gafas oscuras y revisó la batería de su reproductor, asegurándose así de no estar en ningún momento a merced del ruido y del sol, pero sobre todo, de la gente. Junto a la cual nunca se sintió cómoda o con la cual nunca logró identificarse. En algún momento de su vida se entregó a la tarea de buscar ser parte de ellos, fue una época de partidos políticos y sectas religiosas hasta que en algún momento cayó a la aceptación de su condición de elemento extraño y se conformó con mimetizarse tanto como posible en medio de ese mar de extraños seres tan presurosos por no llegar a ningún lado y tan necesitados de hacer cosas para disimular el no hacer nada.
Prendió un cigarrillo justo antes de salir del edificio, frente a la mirada de desaprobación del dependiente del edifico que le abría con tedio la reja. -Todo esto es mentira. murmuró cuando sintió la luz del sol derramándose sobre su piel como miel y se dispuso a ser tragada por la ciudad y su maldad.
A lo largo del día no pasó mucho, no pasó nada, trabajo trivial, conversación barata y un calor infernal, todo esto con agradables interludios de humo en sus pulmones y música en sus oídos. A media tarde recibió un mensaje en su teléfono, era el mensaje que esperaba. 
Llegada la hora, tomó su bolso y se encontraron, con probablemente la misma alegría en los ojos que deben tener los náufragos al descubrir la tierra en medio de esa marea humana por la que han atravesado. Después de un saludo cortés, se dispusieron  por un breve y delicioso  instante a disfrutar un silencio no incomodo.
Ursula salió del café, reclamándose como tantas otras veces su falta de sinceridad. Prometiéndose a sí misma que no volvería a suceder, incluso por un segundo dudó si debía volver, aclararlo todo, decirlo todo, acabar de una vez por todas con esta farsa, pero decidió esperar, y envió un simple "veámonos mañana, tengo que decirte algo". 
-Señorita ¿Tiene hora?. Ursula se volvió, sintió como su bolso y su brazo tras el eran arrebatados, trató de decir algo, pero todo era tan repentino, le arrebataron su teléfono en el mismo instante en que un mensaje sonaba, y Ursula se abalanzó sobre ese pequeño trozo de posible felicidad en el preciso momento en que un ruido ensordecedor lo inundó todo.
Ursula se incorporó, y comenzó a caminar lentamente en medio de un silencio sepulcral, y ahí los vio, vio a los monos, en sus autos, en sus ventanas, mirándola fijamente. Vio la atención de sus pupilas malignas, los sintió desnudarla más allá de la ropa, hasta que una mujer rompió el silencio con un grito de terror, a ese grito le siguieron tantos otros, rítmicos, estruendosos, inquietantes gritos de monos.
Ursula se dejó caer, mientras el sol se ponía para esa ciudad que no dormía y mientras se dejaba vencer por el sueño, murmuraba "debí haber gritado" mientras las oscuridad se abría paso como un animal nefasto.