Cuando papá nos trajo a este diminuto pueblo, los vecinos nos acosaban con sus mirada, estaban seguros que traeríamos la desgracia al lugar, un solo rostro para 2 seres no puede ser un buen signo. A veces los niños nos tiraban piedras, hasta que es algún momento desistimos de la escuela y nos educaron en casa.
Recuerdo el día en que descubrimos el lago, tan escondido al final de la propiedad, tan lleno de serpientes y lirios, tan profundo, como un ojo, como nuestros ojos. Fueron días llenos de dicha, en los que Violeta y yo hablamos nuestro propio idioma en nuestro propio universo dual.
El lago estaba prohibido, nuestro padre, celosos de las miradas ajenas nos lo había advertido, sin embargo ese nunca fue un obstáculo para sumergirnos en sus tinieblas aromáticas pobladas por seres oscuros de ojos vacíos.Ojalá Violeta estuviera aquí, ojala y ella pudiera contarme que hay del otro lado del cristal liquido, ojalá y me hubiera esperado.
Dicen que la peor de las muertes es morir ahogado, dicen que el sufrimiento perdura y que los minutos se hacen incontables, dicen que permaneces consciente hasta el ultimo minuto. Yo no lo creo. Yo creo que debe ser una sensación liberadora dejar que el agua entre y por fin sentirse limpia de nuevo, tal vez más que antes.Violeta se fue y me dejó fantaseando con el flotar en la inmensidad verde y escuchando su llamado de sirena. A veces me odio por no haberme marchado con ella.
Mamá me veía con tristeza cuando creía que no lo notaba, siempre supe donde estaba Violeta y guardé su secreto. A veces estaba segura de que no me estaba hablando a mi, sino a ella y se le llenan los ojos de lagrimas mal disimuladas. Esto hace años, hasta es el día en que por fin abrí su alcoba olorosa a almendras y la encontré empapada en saliva verde, como el lago. Me dolió un poco ver como papá no se sorprendió ni un poco, luego pensé que habría dejado el laboratorio abierto, él también me había quitado a mamá.
Cuando llegamos a los 13 años Violeta se hizo mujer y me obligaron a cambiar a la habitación contigua. Pero aun podía escuchar a Violeta, sus gritos, sus conversaciones, sus pesadillas y su llanto. Una vez abrí su puerta y la encontré sumergida en una especie de trance, enfrascada en un monologo frente al espejo, estaba llorando cuando me miró con sus ojos verdes y vacíos, unos ojos que ya no eran los nuestros y que me erizaban la piel. Nunca hablé de eso con Violeta, ella ya nunca más me habló de nada, no de la misma forma.
A los 15 años Violeta comenzó a escuchar las voces, venían desde el lago. Primero era la de una mujer. Cuando mi padre se enteró la golpeó por primera vez, pero eso no acallo la voz, la hizo más potente. Paulatinamente dejó de hablar español dando paso a un dialecto secreto, como el nuestro, pero ya no conmigo. Violeta comenzó a escuchar otras cosas, y un buen día papá la amarró a la cama.
Desde mi alcoba la escuchaba llamarme en las noches, suplicante, pedirme que la liberara, decirme que era real, jurarme que me iba a mostrar, que podía verla, que estaba en la cama junto a ella. Yo, escudada tras las sabanas la podía oír rogarme en nuestra lengua de hermanas un poco de compasión, y me quedaba ahí llorando en silencio, sin jamas responder.
Una vez me asomé durante uno de sus ataques, cuando todos estaban atareados tratando de calmarla. Ella me miro fijamente, como si estuviera viendo a un espectro, me miró con nuestros ojos verdes de una forma que nunca antes lo había hecho y emitió un alarido potente, lastimero, interminable, hasta que cayó desmayada de nuevo en la cama.
La mañana que logró soltarse, entró a mi cuarto temprano cuando yo aun dormía, me despertó su respiración y su olor a animal asustado. Hacia casi un año que no la veía, estaba despeinada y flaca, con sus muñecas llenas de cicatrices por las cuerdas. Me miraba como tratando de reconocerse en mí, como esperando una explicación, una respuesta a esos años de llanto, y me sentí desnuda. Rompí el espejo de mi tocador y frente a su mirada suplicante y su llanto desconsolado, lentamente lo deslice por mi mejilla hasta que el tibio alivio de la sangre se derramó por mi cara. Ese día se la llevaron.
Volvió meses después, con una expresión de ausencia en el rostro, como si verdaderamente ella estuviera lejos, como si ahora, su única voz fuera la voz del lago. Deambulaba por la casa como una autómata, llenando de miradas sin significado los silencios sepulcrales que brotaban cuando entraba a una habitación. La servidumbre le tenia miedo, incluso mamá procuraba hablar con ella solo a la hora de las medicinas.
Una mañana entré a su cuarto, y la vi desnuda frente al tocador, contemplándose con extrañeza. Esta vez, cuando me miró vi que había algo diferente, esta vez si era ella.
¿Porque la iba a detener? ¿Como podría causarle tanto dolor a mi hermana y a mi misma? Violeta nunca cesó de escuchar la voces, nunca iban a dejar de llamarla. Estaba ella encerrada con todos sus demonios en un lugar donde nadie ya podía ayudarla, en la húmeda oscuridad de si misma.
La encontraron a media tarde flotando en el lago. Por primera vez en tanto tiempo vi en su rostro la paz de quien ha encontrado por fin una respuesta. Aparté las plumas rojas de nuestro rostro, las cepillé y vestí nuestro cuerpo con un vestido de gasa, pero no fui a su funeral. ¿Para que iba a ir si ella y yo somos la misma, si somos una, si ella no ha muerto?
Desde ese día y hasta hoy la oigo susurrarme al oído en nuestro idioma, la oigo pedirme que vaya y, calladito para que no me amarren le respondo que pronto. Ha desesperado con el tiempo, a veces me grita, a veces la oigo llorar y a veces se burla de mi mientras chapotea en su bien ganada libertad de medusa.
Pronto iré con ella, primero debo hacer a papá pagar.
La rayuela en la niebla
jueves, 16 de octubre de 2014
El tuerto
Mete la mano en el bolsillo, y siente de nuevo ese placer agrio de la navaja cortando de nuevo ese sitio donde siempre ha cortado, esa certeza absoluta de que el control es de él, él, depredador, ellos, presas. Ignorantes todos de su secreta magnanimidad, de su compasión por unos, de su justicia por los otros, esa sangre que brota, es la prueba irrefutable de su poder, de su gloria.
Toma la navaja y la acaricia mientras camina, buscando, buscando esa próxima victima, esa gota de adrenalina, esa vuelta a la gloria.
Lleva poco por acá, terminó la guerra y comenzó su búsqueda. ¿Donde estará ella, donde estuvo, quien la amó más que él, seguirá aun viva, le recordará? No, no, se dice a si mismo cada día de su vida mientras camina por las noches solitarias de ese país extraño, ella tiene una nueva vida, o tal vez ya no la tiene, tal vez a muerto como todos los que una vez el amó, tal vez eso es la vida, quedarse solo, siempre.
¿Y después de todo, que era lo que el tenia? Una carta de hacia 12 años que vagamente podía leer, rota y sucia de tanto abrirla una y otra vez, y ahora a punto de la desintegración continua en el bolsillo opuesto a la navaja.
Este era el país, esta era la ciudad, y en años de deambularla jamas, jamas la había visto. Constantemente despierta en la angustia de medio día sin poder respirar con un collage de sangre y balas y Elena en el bus, Elena subiendo a un auto, Elena saliendo de su vida, y el sin poder alcanzarla, con balas y guerra y hambre y sangre seca en la boca, impidiéndole gritar su nombre.
Tuerto, le decían, tuerto, solo Elena sabia su nombre. Tuerto, calla, tuerto, trae acá, tuerto duermete, largate, tuerto. Y ese ojo que no servia para nada más que llorar, lloraba, pero solo frente a ella. ¿Elena, donde estas?
Eran del mismo pueblo, ella conoció su nombre antes de que fuera El Tuerto, ella no se asustó cuando lo llevaron al orfanato, lo abrazó, y se quedó ahí. Cuando volvió del hospital, Elena fingía que era un pirata, que la rescataba, que se la robaba de ahí y la llevaba a recorrer el mundo, y así olvidaban el hambre. Cuando por fin se la llevaron, ella le dijo que no sería para siempre, que ella escribiría, que se la podría llevar, que correrían el mundo juntos, eso es lo que hacen los piratas.
Camina, frota la navaja, una y otra vez, tantas veces, tan poca navaja para tanta vida, para tanto camino por recorrer. Camina, camina y recuerda mientras busca un gesto, una expresión que tácitamente le de la orden de atacar, rápido y sigiloso.
A Elena se la llevaron 2 señores rubios, gordos. Los rubios, tan distintos a él, se llevaron a casi todos los niños, y quedaron los que no eran perfectos, los que nadie iba a querer. No pasó mucho tiempo antes de que escapara, con la única carta que recibió de Elena, que si pudo leer y escribir sobre papel perfumado y con pegatinas de corazones.
Camina con la navaja y le habla, le cuenta de la vida, la aferra con casi miedo cada noche, camina con ella, camina para ella, y ella gentil y dócil pareja, le escucha, le obedece, le dice quien y le dice cual.
El tuerto camina, y ve un auto blanco, una mujer en tacones que lo ve con un poco de desconfianza y un poco de asco, esa es la señal, la navaja brota de su bolsillo. Miguel abraza a la mujer y una centella en sus pupilas, un segundo, la ve aferrarse, arañarle la espalda, ve sus pupilas dilatarse, escucha sus jadeos, -Miguel, dice la mujer, no importa, ya está adentro y ve como el brillo de sus ojos lentamente se extingue, y aguanta la navaja ahí, un poco más, hasta que Elena duerme.
Ya nunca más lo va a dejar, ahora ya nadie se interpondrá entre él y su metálica amante que nunca lo abandonó, piensa mientras camina y el ojo que no sirve para nada más que llorar ve el abismo.
Toma la navaja y la acaricia mientras camina, buscando, buscando esa próxima victima, esa gota de adrenalina, esa vuelta a la gloria.
Lleva poco por acá, terminó la guerra y comenzó su búsqueda. ¿Donde estará ella, donde estuvo, quien la amó más que él, seguirá aun viva, le recordará? No, no, se dice a si mismo cada día de su vida mientras camina por las noches solitarias de ese país extraño, ella tiene una nueva vida, o tal vez ya no la tiene, tal vez a muerto como todos los que una vez el amó, tal vez eso es la vida, quedarse solo, siempre.
¿Y después de todo, que era lo que el tenia? Una carta de hacia 12 años que vagamente podía leer, rota y sucia de tanto abrirla una y otra vez, y ahora a punto de la desintegración continua en el bolsillo opuesto a la navaja.
Este era el país, esta era la ciudad, y en años de deambularla jamas, jamas la había visto. Constantemente despierta en la angustia de medio día sin poder respirar con un collage de sangre y balas y Elena en el bus, Elena subiendo a un auto, Elena saliendo de su vida, y el sin poder alcanzarla, con balas y guerra y hambre y sangre seca en la boca, impidiéndole gritar su nombre.
Tuerto, le decían, tuerto, solo Elena sabia su nombre. Tuerto, calla, tuerto, trae acá, tuerto duermete, largate, tuerto. Y ese ojo que no servia para nada más que llorar, lloraba, pero solo frente a ella. ¿Elena, donde estas?
Eran del mismo pueblo, ella conoció su nombre antes de que fuera El Tuerto, ella no se asustó cuando lo llevaron al orfanato, lo abrazó, y se quedó ahí. Cuando volvió del hospital, Elena fingía que era un pirata, que la rescataba, que se la robaba de ahí y la llevaba a recorrer el mundo, y así olvidaban el hambre. Cuando por fin se la llevaron, ella le dijo que no sería para siempre, que ella escribiría, que se la podría llevar, que correrían el mundo juntos, eso es lo que hacen los piratas.
Camina, frota la navaja, una y otra vez, tantas veces, tan poca navaja para tanta vida, para tanto camino por recorrer. Camina, camina y recuerda mientras busca un gesto, una expresión que tácitamente le de la orden de atacar, rápido y sigiloso.
A Elena se la llevaron 2 señores rubios, gordos. Los rubios, tan distintos a él, se llevaron a casi todos los niños, y quedaron los que no eran perfectos, los que nadie iba a querer. No pasó mucho tiempo antes de que escapara, con la única carta que recibió de Elena, que si pudo leer y escribir sobre papel perfumado y con pegatinas de corazones.
Camina con la navaja y le habla, le cuenta de la vida, la aferra con casi miedo cada noche, camina con ella, camina para ella, y ella gentil y dócil pareja, le escucha, le obedece, le dice quien y le dice cual.
El tuerto camina, y ve un auto blanco, una mujer en tacones que lo ve con un poco de desconfianza y un poco de asco, esa es la señal, la navaja brota de su bolsillo. Miguel abraza a la mujer y una centella en sus pupilas, un segundo, la ve aferrarse, arañarle la espalda, ve sus pupilas dilatarse, escucha sus jadeos, -Miguel, dice la mujer, no importa, ya está adentro y ve como el brillo de sus ojos lentamente se extingue, y aguanta la navaja ahí, un poco más, hasta que Elena duerme.
Ya nunca más lo va a dejar, ahora ya nadie se interpondrá entre él y su metálica amante que nunca lo abandonó, piensa mientras camina y el ojo que no sirve para nada más que llorar ve el abismo.
martes, 17 de septiembre de 2013
El viaje
****Gracias a todos
Gracias Marcel y Kami
, Gracias a todos los niños perdidos.
Había una vez, en un reino muy lejano una niña que todo lo que quería era conocer el mundo más allá de sus murallas de piedra. Y cada mañana y cada noche veía el sol salir y ponerse en esa gran pared que obstruía el horizonte. Todos los días, cuando se levantaba a hacer sus quehaceres soñaba despierta con la manera de huir de su prisión que a nadie más estorbaba y todas las noches se quedaba dormida pensando una forma de escapar y conocer lo que todos tenían miedo de conocer.
Un buen día esta niña tomo algunas cosas y decidió que era hora de conocer el mundo, caminó y caminó por días y después por años y a lo largo de su camino fue conociendo otros niños del mundo, y muchos la acompañaron mucho tiempo en su viaje, hasta que todos creyeron que habían encontrado un lugar para llamar hogar, pero la niña aun se sentía extranjera, aun sentía que el viento del norte la llamaba, y por las noches, las sirenas cantaban su nombre.
La niña conoció a un principito y un hada, y este principito también había huido y esta hada también era extranjera y la niña se sintió acompañada y ya no estuvo sola. Y el hada triste que llenaba todo de color, le enseñó que amar no era malo, pero que tampoco lo era estar solo. Y el principito le enseñó que la vida es un juego y que también es bueno jugar. Y la niña tomó estos regalos y fue tras las voces que susurraban su nombre y que eran cada vez más fuertes, más desesperadas.
Con el tiempo, esta niña se fue cansando y ya no corría, caminaba de tanto no volver la vista atrás, comenzó a olvidar el camino ya recorrido. La niña conoció a un genio, y el genio la amó y ella amó al genio, y el genio puso un reino a sus pies, y la niña encontró donde descansar, un lugar hermoso y pensó que ahí podría descansar y ese podría ser su hogar. La niña durmió muchos días y muchas noches, sueños hermosos plagados de comodidades y diversiones que nunca había imaginado, pero poco a poco y cada vez más fuerte las sirenas comenzaron a susurrar su nombre, lo llamaban, lo gritaban y los gritos eran lastimeros hasta que la niña despertó de su sopor y pensó que era hora de continuar con su viaje.
La niña comenzó a andar siguiendo las estrellas que le prometían cosas nunca vistas y alegrías nunca antes sentidas pero el camino se hizo largo y cuando la niña tropezó ya no quiso levantarse, habían sido tantos años de dejarlo todo atrás, de viajar y caminar, de perder cosas, que ya no supo como levantarse de nuevo. Pero en ese momento, volvieron, el hada y el principito, y la llevaron en hombros, hasta que pudo caminar, hasta que recordó el motivo de su viaje, y ellos también escuchaban las sirenas y el viento del norte también los llamaba, y una vez ahí ya la niña no se sintió tan sola, y siguió su viaje pero disfrutando del camino, porque tal vez nunca iba a llegar a detenerse, pero ya estaba en casa, porque casa es el mundo y los que hacen de el un lugar hermoso.
Gracias Marcel y Kami
Había una vez, en un reino muy lejano una niña que todo lo que quería era conocer el mundo más allá de sus murallas de piedra. Y cada mañana y cada noche veía el sol salir y ponerse en esa gran pared que obstruía el horizonte. Todos los días, cuando se levantaba a hacer sus quehaceres soñaba despierta con la manera de huir de su prisión que a nadie más estorbaba y todas las noches se quedaba dormida pensando una forma de escapar y conocer lo que todos tenían miedo de conocer.
Un buen día esta niña tomo algunas cosas y decidió que era hora de conocer el mundo, caminó y caminó por días y después por años y a lo largo de su camino fue conociendo otros niños del mundo, y muchos la acompañaron mucho tiempo en su viaje, hasta que todos creyeron que habían encontrado un lugar para llamar hogar, pero la niña aun se sentía extranjera, aun sentía que el viento del norte la llamaba, y por las noches, las sirenas cantaban su nombre.
La niña conoció a un principito y un hada, y este principito también había huido y esta hada también era extranjera y la niña se sintió acompañada y ya no estuvo sola. Y el hada triste que llenaba todo de color, le enseñó que amar no era malo, pero que tampoco lo era estar solo. Y el principito le enseñó que la vida es un juego y que también es bueno jugar. Y la niña tomó estos regalos y fue tras las voces que susurraban su nombre y que eran cada vez más fuertes, más desesperadas.
Con el tiempo, esta niña se fue cansando y ya no corría, caminaba de tanto no volver la vista atrás, comenzó a olvidar el camino ya recorrido. La niña conoció a un genio, y el genio la amó y ella amó al genio, y el genio puso un reino a sus pies, y la niña encontró donde descansar, un lugar hermoso y pensó que ahí podría descansar y ese podría ser su hogar. La niña durmió muchos días y muchas noches, sueños hermosos plagados de comodidades y diversiones que nunca había imaginado, pero poco a poco y cada vez más fuerte las sirenas comenzaron a susurrar su nombre, lo llamaban, lo gritaban y los gritos eran lastimeros hasta que la niña despertó de su sopor y pensó que era hora de continuar con su viaje.
La niña comenzó a andar siguiendo las estrellas que le prometían cosas nunca vistas y alegrías nunca antes sentidas pero el camino se hizo largo y cuando la niña tropezó ya no quiso levantarse, habían sido tantos años de dejarlo todo atrás, de viajar y caminar, de perder cosas, que ya no supo como levantarse de nuevo. Pero en ese momento, volvieron, el hada y el principito, y la llevaron en hombros, hasta que pudo caminar, hasta que recordó el motivo de su viaje, y ellos también escuchaban las sirenas y el viento del norte también los llamaba, y una vez ahí ya la niña no se sintió tan sola, y siguió su viaje pero disfrutando del camino, porque tal vez nunca iba a llegar a detenerse, pero ya estaba en casa, porque casa es el mundo y los que hacen de el un lugar hermoso.
domingo, 30 de junio de 2013
Garua
_Esto no debe ser, esto no puede ser
Piensa mientra se mira las manos, las manos que aun eran hermosas, aun.
_Esto tiene que acabar
Se dice, mientras camina a casa, temblando de frió y miedo, llena del temor que solo una decisión inamovible puede infringir en un corazón que estaba muy acostumbrado a solo latir.
La garua le empapaba el cabello con una perseverancia implacable, mantén la frente en alto, no llores, y los charcos, los charcos en los que a cada paso sumergía los tacones, los charcos eran solo una broma macabra, un recuerdo de que aun estaba ahí, de que todo era real.
Camina con una mirada de autómata entre tantas sombras a su lado con sombrillas de colores, camina y siente la cruda brisa despeinarle el cabello, como si eso ahora importara, como una burla, como la ultima parte de una afrenta terrible que se detiene en el justo momento en el que se vuelve inaguantable, solo para volver a empezar.
El gélido paisaje es solo un pequeño y escueto boceto de su alma que esta cansada de andar sin encontrar, en medio de maniquíes vivientes que la miran sin verla, que la tocan sin sentirla, que son como un recordatorio macabro, que de alguna forma, ni siquiera son.
A los lejos, se escucha el tren, arrastrando su infierno metálico que rompe el monótono hechizo de la niebla y la lluvia, y ella lo piensa, lo piensa, sabiendo que no lo va a hacer, sabiendo que es demasiado, pero lo piensa, y acaricia esa idea como a un reptil.
Camina más a prisa, casi corre, tratando de escapar de sus pensamientos, sin lograr ni por un instante dejar de repasar una y otra vez las ultimas horas, los últimos días, las ultimas semanas, camina, camina más, ya casi llegas, camina y no encuentra una solución, y la atormenta el martilleo de ese pensamiento que es inútil, pero inevitable.
_Tengo que hacerlo, piensa y siente como se le escapa el aire ante el vértigo de lo inevitable.
Camina y la lluvia arrecia, apura el paso, corre un poco, un indigente, la acera, la alcantarilla, el futuro, la vida, ese perro, la cena, no quiero, los zapatos están arruinados, la convicción, ese árbol, la ultima cuadra, el miedo, el bien común, que va a decir mamá, la frente en alto, casi treinta años, una bolsa de basura.
Busca la llave, ya sin prisa, ya está mojada, ya que importa, la buscar sin mirar, la busca sintiendo cada uno de los objetos que pueblan su bolso, busca y piensa, una y otra vez el mismo pensamiento como una cinta de Moebius como un péndulo, piensa y cada uno de sus intentos solo es una confirmación tacita de lo inevitable, de lo absurdo, del horror.
Toma el pomo de la puerta y por un instante duda, sus dedos temblorosos y húmedos se detienen, ignorando por un momento la memoria muscular, duda y la duda es aguda, filosa, estridente, duda y al poco abre la puerta, con un arrepentimiento que precede a su razón de ser.
Un chirrido que le estremece el alma y le contrae el cuerpo es seguido de un hilo de luz que crece, poco a poco, dubitativo y la consume, la devora, dando paso a un estancia impecable, se acerca un hombre y la besa.
_Estas empapada
_Deja que me cambie y preparo la cena.
lunes, 17 de junio de 2013
El aullido de los monos
Esa madrugada, Ursula se despertó como tantas otras veces le había pasado previamente, con el resuello inquieto del fugitivo y la angustia de la certeza psicótica de que algo estaba mal. Palpó en la oscuridad el lió de sabanas que poco antes le había impedido correr para escapar de él, hasta encontrar a tientas su paquete de cigarrillos, prendió uno, aun sin encender la luz y pronunció las mismas palabras que había pronunciado durante tantísimas noches de sueño inquieto e inexplicable - Debí haber gritado.
Su sueño, ese sueño recurrente que no cesaba, la había atormentado durante años, sin proporcionarle nunca alguna pista de su significado o de como detenerlo. En el sueño, o al menos en el trozo de sueño que ella recordaba, ella caminaba por un hermoso valle, rodeado de arboles perfectos, de un verde esmeralda esperanzador. Ella, desnuda, podía sentir el agradable rocío bajo sus pies, sobre la grama. Era un sueño hermoso, pero algo estaba mal, conforme el sol comenzaba a ponerse, esa sensación de angustia se incrementaba, hasta que en algún momento se daba cuenta que todos esos arboles, todos y cada uno, estaban llenos de monos. Monos que le miran, fijamente, inmóviles pero expectantes, hasta que uno emite el primer grito, y luego otro, y otro más. Es un alarido rítmico y colectivo. El sol continua su viaje acompasado por el bullicio de los monos, hasta que eventualmente solo queda Ursula en la oscuridad rodeada de esas pupilas brillantes y ese ruido que ahora es el mundo, que ahora todo lo inunda. -Debí haber gritado. Esa era su conclusión desde hace años, sin embargo nuca lo había logrado. De alguna forma ella sabia que seria inútil, que nunca podría ser como ellos, que los monos lo sabían.
A veces, después del cigarrillo, intentaba volver a conciliar el sueño, sin embargo su propio sudor, la oscuridad y el zumbido de las chicharras le daban la sensación de no estar despierta aun, de seguir a la puerta del sueño y eventualmente se levantaba, hastiada y buscando alguna imagen que pudiese suplantar esas que ya estaban en su cabeza. Esta madrugada en particular, se rindió sin siquiera intentarlo, y se fue a oscuras al baño, esperando que el agua pudiese darle a su mente ese descanso que el sueño continuaba negandole.
Fue un baño incomodo, trató de alejar los sonidos del sueño tarareando algo, pero no pudo recordar ninguna melodía y después de un rato cayó en cuenta que se le estaba haciendo tarde como para continuar la tortura mental y rítmica. Cerró la canilla y se quedó esperando, ensimismada en el obsceno placer de la brisa que secaba su piel, hasta que el teléfono la despertó de ese letargo en el que se encontraba sumida.
Era su madre, siempre era su madre; estaba molesta, siempre estaba molesta. Ursula recogió la queja monótona con la natural apatía de quien lidia con ese infierno personal diariamente, mientras garabateaba ojos enormes en un trozo de papel de alguna cuenta sin importancia.
Salió sin desayunar de casa y antes de cerrar la puerta tras de si, recogió sus gafas oscuras y revisó la batería de su reproductor, asegurándose así de no estar en ningún momento a merced del ruido y del sol, pero sobre todo, de la gente. Junto a la cual nunca se sintió cómoda o con la cual nunca logró identificarse. En algún momento de su vida se entregó a la tarea de buscar ser parte de ellos, fue una época de partidos políticos y sectas religiosas hasta que en algún momento cayó a la aceptación de su condición de elemento extraño y se conformó con mimetizarse tanto como posible en medio de ese mar de extraños seres tan presurosos por no llegar a ningún lado y tan necesitados de hacer cosas para disimular el no hacer nada.
Prendió un cigarrillo justo antes de salir del edificio, frente a la mirada de desaprobación del dependiente del edifico que le abría con tedio la reja. -Todo esto es mentira. murmuró cuando sintió la luz del sol derramándose sobre su piel como miel y se dispuso a ser tragada por la ciudad y su maldad.
A lo largo del día no pasó mucho, no pasó nada, trabajo trivial, conversación barata y un calor infernal, todo esto con agradables interludios de humo en sus pulmones y música en sus oídos. A media tarde recibió un mensaje en su teléfono, era el mensaje que esperaba.
Llegada la hora, tomó su bolso y se encontraron, con probablemente la misma alegría en los ojos que deben tener los náufragos al descubrir la tierra en medio de esa marea humana por la que han atravesado. Después de un saludo cortés, se dispusieron por un breve y delicioso instante a disfrutar un silencio no incomodo.
Ursula salió del café, reclamándose como tantas otras veces su falta de sinceridad. Prometiéndose a sí misma que no volvería a suceder, incluso por un segundo dudó si debía volver, aclararlo todo, decirlo todo, acabar de una vez por todas con esta farsa, pero decidió esperar, y envió un simple "veámonos mañana, tengo que decirte algo".
-Señorita ¿Tiene hora?. Ursula se volvió, sintió como su bolso y su brazo tras el eran arrebatados, trató de decir algo, pero todo era tan repentino, le arrebataron su teléfono en el mismo instante en que un mensaje sonaba, y Ursula se abalanzó sobre ese pequeño trozo de posible felicidad en el preciso momento en que un ruido ensordecedor lo inundó todo.
Ursula se incorporó, y comenzó a caminar lentamente en medio de un silencio sepulcral, y ahí los vio, vio a los monos, en sus autos, en sus ventanas, mirándola fijamente. Vio la atención de sus pupilas malignas, los sintió desnudarla más allá de la ropa, hasta que una mujer rompió el silencio con un grito de terror, a ese grito le siguieron tantos otros, rítmicos, estruendosos, inquietantes gritos de monos.
Ursula se dejó caer, mientras el sol se ponía para esa ciudad que no dormía y mientras se dejaba vencer por el sueño, murmuraba "debí haber gritado" mientras las oscuridad se abría paso como un animal nefasto.
Su sueño, ese sueño recurrente que no cesaba, la había atormentado durante años, sin proporcionarle nunca alguna pista de su significado o de como detenerlo. En el sueño, o al menos en el trozo de sueño que ella recordaba, ella caminaba por un hermoso valle, rodeado de arboles perfectos, de un verde esmeralda esperanzador. Ella, desnuda, podía sentir el agradable rocío bajo sus pies, sobre la grama. Era un sueño hermoso, pero algo estaba mal, conforme el sol comenzaba a ponerse, esa sensación de angustia se incrementaba, hasta que en algún momento se daba cuenta que todos esos arboles, todos y cada uno, estaban llenos de monos. Monos que le miran, fijamente, inmóviles pero expectantes, hasta que uno emite el primer grito, y luego otro, y otro más. Es un alarido rítmico y colectivo. El sol continua su viaje acompasado por el bullicio de los monos, hasta que eventualmente solo queda Ursula en la oscuridad rodeada de esas pupilas brillantes y ese ruido que ahora es el mundo, que ahora todo lo inunda. -Debí haber gritado. Esa era su conclusión desde hace años, sin embargo nuca lo había logrado. De alguna forma ella sabia que seria inútil, que nunca podría ser como ellos, que los monos lo sabían.
A veces, después del cigarrillo, intentaba volver a conciliar el sueño, sin embargo su propio sudor, la oscuridad y el zumbido de las chicharras le daban la sensación de no estar despierta aun, de seguir a la puerta del sueño y eventualmente se levantaba, hastiada y buscando alguna imagen que pudiese suplantar esas que ya estaban en su cabeza. Esta madrugada en particular, se rindió sin siquiera intentarlo, y se fue a oscuras al baño, esperando que el agua pudiese darle a su mente ese descanso que el sueño continuaba negandole.
Fue un baño incomodo, trató de alejar los sonidos del sueño tarareando algo, pero no pudo recordar ninguna melodía y después de un rato cayó en cuenta que se le estaba haciendo tarde como para continuar la tortura mental y rítmica. Cerró la canilla y se quedó esperando, ensimismada en el obsceno placer de la brisa que secaba su piel, hasta que el teléfono la despertó de ese letargo en el que se encontraba sumida.
Era su madre, siempre era su madre; estaba molesta, siempre estaba molesta. Ursula recogió la queja monótona con la natural apatía de quien lidia con ese infierno personal diariamente, mientras garabateaba ojos enormes en un trozo de papel de alguna cuenta sin importancia.
Salió sin desayunar de casa y antes de cerrar la puerta tras de si, recogió sus gafas oscuras y revisó la batería de su reproductor, asegurándose así de no estar en ningún momento a merced del ruido y del sol, pero sobre todo, de la gente. Junto a la cual nunca se sintió cómoda o con la cual nunca logró identificarse. En algún momento de su vida se entregó a la tarea de buscar ser parte de ellos, fue una época de partidos políticos y sectas religiosas hasta que en algún momento cayó a la aceptación de su condición de elemento extraño y se conformó con mimetizarse tanto como posible en medio de ese mar de extraños seres tan presurosos por no llegar a ningún lado y tan necesitados de hacer cosas para disimular el no hacer nada.
Prendió un cigarrillo justo antes de salir del edificio, frente a la mirada de desaprobación del dependiente del edifico que le abría con tedio la reja. -Todo esto es mentira. murmuró cuando sintió la luz del sol derramándose sobre su piel como miel y se dispuso a ser tragada por la ciudad y su maldad.
A lo largo del día no pasó mucho, no pasó nada, trabajo trivial, conversación barata y un calor infernal, todo esto con agradables interludios de humo en sus pulmones y música en sus oídos. A media tarde recibió un mensaje en su teléfono, era el mensaje que esperaba.
Llegada la hora, tomó su bolso y se encontraron, con probablemente la misma alegría en los ojos que deben tener los náufragos al descubrir la tierra en medio de esa marea humana por la que han atravesado. Después de un saludo cortés, se dispusieron por un breve y delicioso instante a disfrutar un silencio no incomodo.
Ursula salió del café, reclamándose como tantas otras veces su falta de sinceridad. Prometiéndose a sí misma que no volvería a suceder, incluso por un segundo dudó si debía volver, aclararlo todo, decirlo todo, acabar de una vez por todas con esta farsa, pero decidió esperar, y envió un simple "veámonos mañana, tengo que decirte algo".
-Señorita ¿Tiene hora?. Ursula se volvió, sintió como su bolso y su brazo tras el eran arrebatados, trató de decir algo, pero todo era tan repentino, le arrebataron su teléfono en el mismo instante en que un mensaje sonaba, y Ursula se abalanzó sobre ese pequeño trozo de posible felicidad en el preciso momento en que un ruido ensordecedor lo inundó todo.
Ursula se incorporó, y comenzó a caminar lentamente en medio de un silencio sepulcral, y ahí los vio, vio a los monos, en sus autos, en sus ventanas, mirándola fijamente. Vio la atención de sus pupilas malignas, los sintió desnudarla más allá de la ropa, hasta que una mujer rompió el silencio con un grito de terror, a ese grito le siguieron tantos otros, rítmicos, estruendosos, inquietantes gritos de monos.
Ursula se dejó caer, mientras el sol se ponía para esa ciudad que no dormía y mientras se dejaba vencer por el sueño, murmuraba "debí haber gritado" mientras las oscuridad se abría paso como un animal nefasto.
jueves, 4 de octubre de 2012
¿Atashi kirei? ¿Kore Demo?
Constantemente me pregunto qué es la vida sino una búsqueda constante de la belleza, la perfección y el equilibrio.
Constantemente a lo largo de mi niñez me encontré devastada ante la falta de orden del mundo, ante lo horrible de la vida, apreciando con una sensación de temor y vértigo que tal vez solo Edgar Allan Poe ha sabido describir fielmente, el horror de lo cotidiano, lo macabro de lo no necesariamente sobre natural. Estupefacta ante la inacción de los adultos, ante lo obvio de las respuestas y sobre todo ante el silencio.
Ya en mi adolescencia decidí hacer algo al respecto, cambiar esto de una vez por todas. En ese momento decidí amar al mundo, y confiar en el, ellos eran como yo, humanos. Pero el mundo no cambió, el mundo no quería cambiar. Así que decidí hacer un templo para mí y no permitir que me cambiara jamas con su corrupción oscura y nublara mi alma.
Pero yo vivía junto a ellos, comía junto a ellos, cuerpos sin alma, desplazándose como autómatas a sus vidas sin sentido, trayendo hijos al mundo como símbolos de poder y visitando las iglesias diciéndose a si mismos que la vida no acaba.
Así salí a la calle, a mis 15 años, a ganarme la vida y con la firme determinación de no crecer, de no ser como ellos.
Y mi aventura comenzó con el enorme peso de la responsabilidad por equipaje y la certeza de que algo bueno iba a pasar. Con el tiempo todo lo bueno llegó y emprendí una vida nómada, dedicándome solo a hacer el dinero suficiente para vivir y disfrutar de la vida, no siempre con todas las comodidades, pero libre.
Hoy que lo puedo ver mi vida fue solo una enorme odisea en busca de alguien que me amara tanto como yo no me he podido amar jamas.Todo lo que quise fue alguien que me considerara hermosa y me convenciera de eso.
Tropecé una y otra vez hasta que después de mucho equivocarme, yo lo encontré, encontré a la persona que me ama sobre todas las cosas, y me invade la duda... ¿El amor verdadero existe? ¿La gente de verdad se ama para siempre, o llega un momento en que solo se toleran? ¿La gente solo se conforma y se cansa de buscar?
¿Realmente estoy lista para bajar mis velas para siempre y sustituirlas por las tardes de bordado que adornan mis veranos? Hace una semana que sueño, hace una semana que huyo en mis noches como una ladrona y me voy a recorrer e mundo y vivir aventuras. Hace una semana mi vida se ha llenado de romance y de acción y me siento viva. Pobre niña tonta que vive de sueños y sueña su vida, que se retira a la inmensidad surrealista y se da la oportunidad de sentir navegando con la luna.
Hoy es el día es el que veo mi vida escurrirse entre mis dedos con manicura francesa, veo mi rostro marchitarse y me doy cuenta de que no me he rendido, esta es mi rebeldía, el no resignarme. Tal vez ninguno de nosotros se resigna, quizás todos somos rebeldes y asi toleramos nuestras vidas de impuestos y asfalto, tal vez todos tenemos en el hombro una cotorra invisible que nos cuenta quienes somos y todo lo que hacemos por las noches, donde nadie es nuestro dueño.
Al final, el mundo si quería cambiar, al final de alguna forma, todos hacemos algo...
lunes, 24 de septiembre de 2012
La niebla
Días como hoy en los que miro atrás y no veo mas que vació, no puedo evitar cuestionarme el porqué de mi obstinación. La vida no es dura solo no tiene sentido y conforme voy acumulando años cada gesto significativo comienza a volverse cotidiano y falto de trascendencia volviéndome un ser vil y cínico
¿Por que viven los otros? ¿Que los motiva a levantarse de la cama y salir a trabajar en trabajos que odian a cambio de sueldos que no alcanzan para comprar cosas que no necesitan y comida que no les alimenta con la finalidad de seguir levantando se a trabajar?
¿No es mil veces mas fácil rendirse? ¿No es una posición más loable rehusarse a ser parte de este juego infinito que no tienen ganadores?
Hoy que miro atrás y no veo mas que niebla me pregunto que pensara la niña que fui del adulto que soy ahora, aterrada y sin valor para volar lejos. ¿Cómo me tomo tan pocos años alejarme de las cosas en las que creía y como me tomó tanto tiempo percatarme de lo muerta que estoy por dentro? ¿Que fuerza mueve este corazón que marca rítmicamente los segundos que me alejan de la tumba?
Recuerdo mi infancia como aquel lugar tormentoso y oscuro en el que habitaba solo yo, yo en un túnel hecho de libros y falsas certezas, yo en una torre de historias y leyendas, yo jugando a la casita resguardada con muros de amor y libertad y gratitud y bondad, yo completamente sola en medio de la nada, jurándome a mi misma que la vida cambiaría.
Razones de sobra tenia Sartre con su conocido "L'enfer c'est l'autre". Lo digo ahora con la rabia de la impotencia que me produce haber dedicado mi vida a tratar de ser hermosa para merecer amor y encontrarme tan miserablemente sola y tan rota por dentro.
Hoy después de tanto tiempo de maltratar mi cuerpo y mi alma percibiendome a mi misma como la imagen que el publico percibe de mi misma, me he dado cuenta que bajo toda esa trivialidad perdí la llave que me llevaba a esa niña.
En momentos como este cuando me detengo a pensarlo, nada ha cambiado, sigo completamente sola entre libros y certezas y cuentos y leyendas, pero ahora sin la mínima esperanza de poder salir.
¿Por que viven los otros? ¿Que los motiva a levantarse de la cama y salir a trabajar en trabajos que odian a cambio de sueldos que no alcanzan para comprar cosas que no necesitan y comida que no les alimenta con la finalidad de seguir levantando se a trabajar?
¿No es mil veces mas fácil rendirse? ¿No es una posición más loable rehusarse a ser parte de este juego infinito que no tienen ganadores?
Hoy que miro atrás y no veo mas que niebla me pregunto que pensara la niña que fui del adulto que soy ahora, aterrada y sin valor para volar lejos. ¿Cómo me tomo tan pocos años alejarme de las cosas en las que creía y como me tomó tanto tiempo percatarme de lo muerta que estoy por dentro? ¿Que fuerza mueve este corazón que marca rítmicamente los segundos que me alejan de la tumba?
Recuerdo mi infancia como aquel lugar tormentoso y oscuro en el que habitaba solo yo, yo en un túnel hecho de libros y falsas certezas, yo en una torre de historias y leyendas, yo jugando a la casita resguardada con muros de amor y libertad y gratitud y bondad, yo completamente sola en medio de la nada, jurándome a mi misma que la vida cambiaría.
Razones de sobra tenia Sartre con su conocido "L'enfer c'est l'autre". Lo digo ahora con la rabia de la impotencia que me produce haber dedicado mi vida a tratar de ser hermosa para merecer amor y encontrarme tan miserablemente sola y tan rota por dentro.
Hoy después de tanto tiempo de maltratar mi cuerpo y mi alma percibiendome a mi misma como la imagen que el publico percibe de mi misma, me he dado cuenta que bajo toda esa trivialidad perdí la llave que me llevaba a esa niña.
En momentos como este cuando me detengo a pensarlo, nada ha cambiado, sigo completamente sola entre libros y certezas y cuentos y leyendas, pero ahora sin la mínima esperanza de poder salir.
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