Cuando papá nos trajo a este diminuto pueblo, los vecinos nos acosaban con sus mirada, estaban seguros que traeríamos la desgracia al lugar, un solo rostro para 2 seres no puede ser un buen signo. A veces los niños nos tiraban piedras, hasta que es algún momento desistimos de la escuela y nos educaron en casa.
Recuerdo el día en que descubrimos el lago, tan escondido al final de la propiedad, tan lleno de serpientes y lirios, tan profundo, como un ojo, como nuestros ojos. Fueron días llenos de dicha, en los que Violeta y yo hablamos nuestro propio idioma en nuestro propio universo dual.
El lago estaba prohibido, nuestro padre, celosos de las miradas ajenas nos lo había advertido, sin embargo ese nunca fue un obstáculo para sumergirnos en sus tinieblas aromáticas pobladas por seres oscuros de ojos vacíos.Ojalá Violeta estuviera aquí, ojala y ella pudiera contarme que hay del otro lado del cristal liquido, ojalá y me hubiera esperado.
Dicen que la peor de las muertes es morir ahogado, dicen que el sufrimiento perdura y que los minutos se hacen incontables, dicen que permaneces consciente hasta el ultimo minuto. Yo no lo creo. Yo creo que debe ser una sensación liberadora dejar que el agua entre y por fin sentirse limpia de nuevo, tal vez más que antes.Violeta se fue y me dejó fantaseando con el flotar en la inmensidad verde y escuchando su llamado de sirena. A veces me odio por no haberme marchado con ella.
Mamá me veía con tristeza cuando creía que no lo notaba, siempre supe donde estaba Violeta y guardé su secreto. A veces estaba segura de que no me estaba hablando a mi, sino a ella y se le llenan los ojos de lagrimas mal disimuladas. Esto hace años, hasta es el día en que por fin abrí su alcoba olorosa a almendras y la encontré empapada en saliva verde, como el lago. Me dolió un poco ver como papá no se sorprendió ni un poco, luego pensé que habría dejado el laboratorio abierto, él también me había quitado a mamá.
Cuando llegamos a los 13 años Violeta se hizo mujer y me obligaron a cambiar a la habitación contigua. Pero aun podía escuchar a Violeta, sus gritos, sus conversaciones, sus pesadillas y su llanto. Una vez abrí su puerta y la encontré sumergida en una especie de trance, enfrascada en un monologo frente al espejo, estaba llorando cuando me miró con sus ojos verdes y vacíos, unos ojos que ya no eran los nuestros y que me erizaban la piel. Nunca hablé de eso con Violeta, ella ya nunca más me habló de nada, no de la misma forma.
A los 15 años Violeta comenzó a escuchar las voces, venían desde el lago. Primero era la de una mujer. Cuando mi padre se enteró la golpeó por primera vez, pero eso no acallo la voz, la hizo más potente. Paulatinamente dejó de hablar español dando paso a un dialecto secreto, como el nuestro, pero ya no conmigo. Violeta comenzó a escuchar otras cosas, y un buen día papá la amarró a la cama.
Desde mi alcoba la escuchaba llamarme en las noches, suplicante, pedirme que la liberara, decirme que era real, jurarme que me iba a mostrar, que podía verla, que estaba en la cama junto a ella. Yo, escudada tras las sabanas la podía oír rogarme en nuestra lengua de hermanas un poco de compasión, y me quedaba ahí llorando en silencio, sin jamas responder.
Una vez me asomé durante uno de sus ataques, cuando todos estaban atareados tratando de calmarla. Ella me miro fijamente, como si estuviera viendo a un espectro, me miró con nuestros ojos verdes de una forma que nunca antes lo había hecho y emitió un alarido potente, lastimero, interminable, hasta que cayó desmayada de nuevo en la cama.
La mañana que logró soltarse, entró a mi cuarto temprano cuando yo aun dormía, me despertó su respiración y su olor a animal asustado. Hacia casi un año que no la veía, estaba despeinada y flaca, con sus muñecas llenas de cicatrices por las cuerdas. Me miraba como tratando de reconocerse en mí, como esperando una explicación, una respuesta a esos años de llanto, y me sentí desnuda. Rompí el espejo de mi tocador y frente a su mirada suplicante y su llanto desconsolado, lentamente lo deslice por mi mejilla hasta que el tibio alivio de la sangre se derramó por mi cara. Ese día se la llevaron.
Volvió meses después, con una expresión de ausencia en el rostro, como si verdaderamente ella estuviera lejos, como si ahora, su única voz fuera la voz del lago. Deambulaba por la casa como una autómata, llenando de miradas sin significado los silencios sepulcrales que brotaban cuando entraba a una habitación. La servidumbre le tenia miedo, incluso mamá procuraba hablar con ella solo a la hora de las medicinas.
Una mañana entré a su cuarto, y la vi desnuda frente al tocador, contemplándose con extrañeza. Esta vez, cuando me miró vi que había algo diferente, esta vez si era ella.
¿Porque la iba a detener? ¿Como podría causarle tanto dolor a mi hermana y a mi misma? Violeta nunca cesó de escuchar la voces, nunca iban a dejar de llamarla. Estaba ella encerrada con todos sus demonios en un lugar donde nadie ya podía ayudarla, en la húmeda oscuridad de si misma.
La encontraron a media tarde flotando en el lago. Por primera vez en tanto tiempo vi en su rostro la paz de quien ha encontrado por fin una respuesta. Aparté las plumas rojas de nuestro rostro, las cepillé y vestí nuestro cuerpo con un vestido de gasa, pero no fui a su funeral. ¿Para que iba a ir si ella y yo somos la misma, si somos una, si ella no ha muerto?
Desde ese día y hasta hoy la oigo susurrarme al oído en nuestro idioma, la oigo pedirme que vaya y, calladito para que no me amarren le respondo que pronto. Ha desesperado con el tiempo, a veces me grita, a veces la oigo llorar y a veces se burla de mi mientras chapotea en su bien ganada libertad de medusa.
Pronto iré con ella, primero debo hacer a papá pagar.
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