jueves, 16 de octubre de 2014

El tuerto

Mete la mano en el bolsillo, y siente de nuevo ese placer agrio de la navaja cortando de nuevo ese sitio donde siempre ha cortado, esa certeza absoluta de que el control es de él, él, depredador, ellos, presas. Ignorantes todos de su secreta magnanimidad, de su compasión por unos, de su justicia por los otros, esa sangre que brota, es la prueba irrefutable de su poder, de su gloria.
Toma la navaja y la acaricia mientras camina, buscando, buscando esa próxima victima, esa gota de adrenalina, esa vuelta a la gloria.
Lleva poco por acá, terminó la guerra y comenzó su búsqueda. ¿Donde estará ella, donde estuvo, quien la amó más que él, seguirá aun viva, le recordará? No, no, se dice a si mismo cada día de su vida mientras camina por las noches solitarias de ese país extraño, ella tiene una nueva vida, o tal vez ya no la tiene, tal vez a muerto como todos los que una vez el amó, tal vez eso es la vida, quedarse solo, siempre.
¿Y después de todo, que era lo que el tenia? Una carta de hacia 12 años que vagamente podía leer, rota y sucia de tanto abrirla una y otra vez, y ahora a punto de la desintegración continua en el bolsillo opuesto a la navaja.
Este era el país, esta era la ciudad, y en años de deambularla jamas, jamas la había visto. Constantemente despierta en la angustia de medio día sin poder respirar con un collage de sangre y balas y Elena en el bus, Elena subiendo a un auto, Elena saliendo de su vida, y el sin poder alcanzarla, con balas y guerra y hambre y sangre seca en la boca, impidiéndole gritar su nombre.
Tuerto, le decían, tuerto, solo Elena sabia su nombre. Tuerto, calla, tuerto, trae acá, tuerto duermete, largate, tuerto. Y ese ojo que no servia para nada más que llorar, lloraba, pero solo frente a ella. ¿Elena, donde estas?
Eran del mismo pueblo, ella conoció su nombre antes de que fuera El Tuerto, ella no se asustó cuando lo llevaron al orfanato, lo abrazó, y se quedó ahí. Cuando volvió del hospital, Elena fingía que era un pirata, que la rescataba, que se la robaba de ahí y la llevaba a recorrer el mundo, y así olvidaban el hambre. Cuando por fin se la llevaron, ella le dijo que no sería para siempre, que ella escribiría, que se la podría llevar, que correrían el mundo juntos, eso es lo que hacen los piratas.
Camina, frota la navaja, una y otra vez, tantas veces, tan poca navaja para tanta vida, para tanto camino por recorrer. Camina, camina y recuerda mientras busca un gesto, una expresión que tácitamente le de la orden de atacar, rápido y sigiloso.
A Elena se la llevaron 2 señores rubios, gordos. Los rubios, tan distintos a él, se llevaron a casi todos los niños, y quedaron los que no eran perfectos, los que nadie iba a querer. No pasó mucho tiempo antes de que escapara, con la única carta que recibió de Elena, que si pudo leer y escribir sobre papel perfumado y con pegatinas de corazones.
Camina con la navaja y le habla, le cuenta de la vida, la aferra con casi miedo cada noche, camina con ella, camina para ella, y ella gentil y dócil pareja, le escucha, le obedece, le dice quien y le dice cual.
El tuerto camina, y ve un auto blanco, una mujer en tacones que lo ve con un poco de desconfianza y un poco de asco, esa es la señal, la navaja brota de su bolsillo. Miguel abraza a la mujer y una centella en sus pupilas, un segundo, la ve aferrarse, arañarle la espalda, ve sus pupilas dilatarse, escucha sus jadeos, -Miguel, dice la mujer, no importa, ya está adentro y ve como el brillo de sus ojos lentamente se extingue, y aguanta la navaja ahí, un poco más, hasta que Elena duerme.
Ya nunca más lo va a dejar, ahora ya nadie se interpondrá entre él y su metálica amante que nunca lo abandonó, piensa mientras camina y el ojo que no sirve para nada más que llorar ve el abismo.












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